Historia de la Institución

        El Hospital Divina Providencia nace de la concepción original de la religiosa Carmelita Misionera de Santa Teresa, Hermana Luz Isabel Cuevas, quien pretendía ofrecer un lugar en donde albergar a pacientes del Instituto del Cáncer que venían desde lejos de San Salvador a recibir radioterapias y que, por sus limitaciones económicas, no tenían más opción que ubicarse y dormir alrededor de las instalaciones de dicha institución. La intención de la Hermana Luz es bendecida por la Providencia de Dios en la forma de la señora Bertha Rivas de Albiñana, quien, además de donar el terreno en donde se establecería la obra, plantea el reto a la religiosa de crear un hospital para atender integralmente a los pacientes con cáncer.

        De esta relación seglar-religiosa surge, con el beneplácito de Dios, el "Hospitalito", iniciando su construcción el 30 de enero de 1966. De manera simultánea, las religiosas carmelitas inician la atención a los pacientes en una casa prefabricada, que albergaba dieciséis camas. Es hasta 1969, que finaliza la construcción del edificio, que hoy cuenta con la capacidad para albergar a 128 pacientes. Desde entonces, y hasta ahora, el Hospital Divina Providencia se ha dedicado a cuidar a un segmento de la población más pobre de El Salvador y de otros países de Centroamérica. Su consagración y confianza en la Divina Providencia le ha valido cuarenta años de existencia, sosteniéndose de la ayuda voluntaria de particulares que se identifican con esta misión.

        En un primer momento, en los primeros años luego de su fundación, el Hospital cuenta con abundantes contribuciones y donaciones por parte de benefactores particulares, que permitió a la institución crecer aún sin la contribución estatal ni eclesial. Esta "época de Oro" se tradujo en la construcción de las ocho salas con las que hoy cuenta el Hospital, un edificio independiente para la cocina, área de lavandería y una capilla consagrada también a la Divina Providencia, donde se celebra todos los días la Santa Eucaristía.

        En la década de los setenta y la de los ochenta, el elegido arzobispo de San Salvador, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, encuentra acogida en las religiosas, e instala en la comunidad carmelita su casa, manteniéndose cerca de los pacientes y conviviendo fraternalmente con las hermanas. Su asesinato el 24 de marzo de 1980, en la capilla del Hospital, provoca diversidad de reacciones en los diferentes sectores de la sociedad. Por un lado, la capilla y la casa de Monseñor Romero se convierten en centros de peregrinación para muchas personas; pero para otras, su asesinato y sus denuncias son un motivo para dejar de ayudar al Hospital. Las donaciones se volvieron escasas, y, en algunos momentos, la atención de los pacientes se volvía insostenible económicamente. Desde entonces, y durante los primeros años de la posguerra, el Hospital Divina Providencia padece de un letargo institucional.

        A partir del año 1999, la comunidad de Carmelitas Misioneras de Santa Teresa inicia una reevaluación de la atención brindada a los pacientes del Hospital, y se toma la decisión de colocar al frente de la obra a la Hermana María Julia García y de contratar a un médico a tiempo completo. El camino del Hospital vuelve a fundamentarse en la dirección y cooperación de un seglar y una religiosa. Desde entonces, se han celebrado convenios de ayuda mutua con diferentes instituciones y se adopta la concepción de alivio del dolor y atención espiritual como base de su quehacer diario.

        En la última década, el Hospital Divina Providencia se ha dedicado a profesionalizar y mejorar su servicio, bajo los principios de los Cuidados Paliativos. A pesar de las limitantes, se ha logrado atender a más doscientos pacientes nuevos cada año y brindado acompañamiento a sus familiares. Actualmente se cuenta con médicos, equipo de enfermería, fisioterapeutas y nutricionistas. Con el apoyo del voluntariado se brinda atención psicológica y acompañamiento emocional a los pacientes.

        El Hospital Divina Providencia agradece a sus benefactores y voluntarios por su altruismo y por la confianza que depositan en la labor que aquí se desarrolla. Asimismo, reitera su confianza puesta en el Dios Supremo, que le ha bendecido desde sus inicios, y que ha caminado con la institución en los momentos difíciles; pero que, sobretodo, le ha bendecido con su Divina Providencia.